Los maratones
Conozco a Jesús, un juguero del centro.
Es extraño vivir cerca del zócalo del DetritoDefecal, hay de todo, pero no a todas horas, todo te queda cerca, pero encontrar lo que necesitas te puede llevar horas, porque hay mucha gente, porque te ven feo por no comprar de mayoreo y ser chava con cara de mensa... andar para todos lados con una gringa que habla más alto que los claxonazos del Eje Central y que se cree más chilanga que el microbusero... no ayuda nadita (la quiero con toda mi alma, pero ah que ruidosa es)...
Sin embargo, de todas las cosas difíciles de encontrar en el centro, creo que la más escasa es la fruta fresca después de las seis de la tarde... una vez que cierran los marcados, no hay un supercito, una tiendita con recaudería, nada... (bueno, la tienda del ChISSSTE acaba de inaugurar una sección de "frutas y verduras", pero sus productos parecen sacados de la basura del Walmart de Buenavista, Buenavista, Buenavista), el chiste es que, hasta hace unos meses, si quería comer fruta fresca en casa, había que pasar a otro lado a comprarla antes de llegar a casa, lo que implicaba la desagradable tarea de transportar platanos, naranjas y demás, en el metro o pesero, añadiéndo sus ferscos y fragantes olores a los cientos de otros aromas que uno encuentra en el transporte público mexicano.
Así fue que conocí a Jesús, orondo propietario de los Jugos Maratón, una juguería antiquísima en la calle de López cuya especialidad son los jugos de caña. Ahora, cada vez que llego a casa después de las seis de la tarde, léase "casi siempre", me detengo en su local y le compro un par de frutas, lo que esté más a la mano, e invariablemente me cobra cinco o seis pesos, y me despide con una sonrisa.
Hace un par de semanas decidí prepapar desayuno para la variopinta flota que vive intermitentemente en casa, pero no iba a hacer la barbaridad de exprimir naranjas para seis personas, así que le hice una visita a Jesús; mientras exprimía las naranjas, comencé a curiosear por el local, y me topé con un volante anunciando la venta de un libro llamado "100 maratones"... ah chingá, le dije, muy propia, ¿a poco ha corrido 100 maratones?
No, como cree -fiu, me dije, nadie podría llevar un negocio durante 30 años y correr tres maratones anuales-, ese es otro, yo llevo 180 (!!!!!)
Don Jesús recomienda, entregándome dos litros de jugo de naranja... camine, camine todos los días, ya verá que un día podrá usted correr uhn maratón, y si le gusta, pues se vuelve una adicción, uno ya no puede parar...
Don Jesús es mi héroe, le regalaré el libro de Murakami.
Es extraño vivir cerca del zócalo del DetritoDefecal, hay de todo, pero no a todas horas, todo te queda cerca, pero encontrar lo que necesitas te puede llevar horas, porque hay mucha gente, porque te ven feo por no comprar de mayoreo y ser chava con cara de mensa... andar para todos lados con una gringa que habla más alto que los claxonazos del Eje Central y que se cree más chilanga que el microbusero... no ayuda nadita (la quiero con toda mi alma, pero ah que ruidosa es)...
Sin embargo, de todas las cosas difíciles de encontrar en el centro, creo que la más escasa es la fruta fresca después de las seis de la tarde... una vez que cierran los marcados, no hay un supercito, una tiendita con recaudería, nada... (bueno, la tienda del ChISSSTE acaba de inaugurar una sección de "frutas y verduras", pero sus productos parecen sacados de la basura del Walmart de Buenavista, Buenavista, Buenavista), el chiste es que, hasta hace unos meses, si quería comer fruta fresca en casa, había que pasar a otro lado a comprarla antes de llegar a casa, lo que implicaba la desagradable tarea de transportar platanos, naranjas y demás, en el metro o pesero, añadiéndo sus ferscos y fragantes olores a los cientos de otros aromas que uno encuentra en el transporte público mexicano.
Así fue que conocí a Jesús, orondo propietario de los Jugos Maratón, una juguería antiquísima en la calle de López cuya especialidad son los jugos de caña. Ahora, cada vez que llego a casa después de las seis de la tarde, léase "casi siempre", me detengo en su local y le compro un par de frutas, lo que esté más a la mano, e invariablemente me cobra cinco o seis pesos, y me despide con una sonrisa.
Hace un par de semanas decidí prepapar desayuno para la variopinta flota que vive intermitentemente en casa, pero no iba a hacer la barbaridad de exprimir naranjas para seis personas, así que le hice una visita a Jesús; mientras exprimía las naranjas, comencé a curiosear por el local, y me topé con un volante anunciando la venta de un libro llamado "100 maratones"... ah chingá, le dije, muy propia, ¿a poco ha corrido 100 maratones?
No, como cree -fiu, me dije, nadie podría llevar un negocio durante 30 años y correr tres maratones anuales-, ese es otro, yo llevo 180 (!!!!!)
Don Jesús recomienda, entregándome dos litros de jugo de naranja... camine, camine todos los días, ya verá que un día podrá usted correr uhn maratón, y si le gusta, pues se vuelve una adicción, uno ya no puede parar...
Don Jesús es mi héroe, le regalaré el libro de Murakami.


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