Wednesday, August 03, 2005

La mujer de la limpieza

La tarde te cae encima como un perro hambriento, sarnoso. Miras la ventana sucia, llena de mierda de pájaros. Has pensado, claro, en limpiarla, en dejar de mirar por una puta tarde, una sola, la ventana en la que te has dejado tantos años. Cuando D viene a visitarte intentas hacerle creer que lo has dejado, finges leer o mirar tv, intentas conversar un poco, pero sabes que no la podrás engañar tan fácilmente. Te mira y en sus ojos ves decepción, ya no más la esperanza de antes, ya no más, siquiera, la agresión con que antes intentaba hacerte “reaccionar”. Sigue viniendo por lástima, o quizá por puro morbo, quiere verte saltar, de una buena vez, de una buena puta vez. Se lo dices tan casualmente como si le estuvieras diciendo, “mira, hoy no llueve, salgamos a caminar”, pero la estúpida se lo toma en serio, te mira con los ojos de zorra inocente que tan bien le salen, y hasta logra, la muy perra que le salgan dos lágrimas.
Te dan ganas de levantarte y follártela, no, mejor aún, meterle por el culo esa botella de agua que está guardando en el refrigerador, o quizá ese pedazo de ¿pollo, pescado? congelado que huele con asco antes de meterlo en una bolsa, hacerle un nudo y echarlo al bote de basura. Sabes que esa expresión de asco también te abarca a ti. ¿Hace cuántos días que no te bañas, que no te levantas de ese sillón? No lo recuerdas. Como quiera que sea, la culpa la tiene, al menos en parte, ella, que sigue trayéndote tarde a tarde, una botella de ron. Con la plata que gana la putita, y no puede comprarte más que ron.
Sus caderas se están ensanchando, ¿será que se está acostando con alguien? Cuando eras niño oías decir a tus tías que cuando una señorita (sic) dejaba de serlo, las caderas se le ensanchaban y comenzaba a caminar como vaquero, y que nunca más podía volver a cerrar las piernas, porque el diablo que se le había metido la quemaba con tizones, ahí en el agujero que las mujeres tenían entre los muslos. Le preguntas, directamente, si su jefe se la coge bien, o si nada más la calienta, y luego ella sale a buscar a alguien más, o si ya se compró un consolador, de esos que venden en los anuncios que le llegan a su correo, que no piense que dejaste de revisar su correo, que no sepa que aún no has podido adivinar la más reciente contraseña. Le dices, también, lo que decían tus tías, y te carcajeas. Te da risa acordarte de tus tías, se parecen tanto a ella.
Su teléfono suena, y ella corre a apagarlo, te mira con miedo, pero tú sólo le dedicas una mirada de asco, tomas su abrigo, que al llegar dejó en la silla, junto a la ventana, y le vomitas encima; tras limpiarte las comisuras de los labios con el oloroso forro de seda, le dices, sonriendo, “a lo mejor te llamaba para decirte que te ha comprado otro abrigo, uno mejor, uno nunca sabe lo que se puede obtener a cambio de chupársela a un tipo rico”.
La paciencia de D tiene un límite, y estás llegando a él, lo sabes porque ahora ha dejado de contestarte, y sólo te mira desde la cocina, con una expresión vacía, sus ojos dejaron de brillar. Se ve cansada. También se lo haces saber. La invitas a acostarse contigo, le prometes que no la tocarás, que no le hablarás si no quiere que lo hagas. Esta es la parte que más te gusta: cuando su rostro cambia de color, te da la espalda y sigue limpiando tu cocina, el baño, la minúscula sala. Pasan los minutos, intermitentemente consigues ver su cuerpo, concentrado, todo él, en limpiar la última lámpara, en evitar que su largo cabello se ensucie con el polvo de tus libros. La miras agotándose, con un brillo repentino en los ojos cuando descubre un retrato, un paisaje. Te mira de reojo, no quiere que la veas limpiándolos, y tú le haces creer que aún te importa esconder y destruir tus pinturas; pobre, cree que algún día valdrán algo, que se las dejarás cuando te mueras, no sabe que ninguna de ellas las pintaste tú, que nunca supiste mezclar colores, que no tienes la menor idea de cuál es la diferencia entre la acuarela y el pastel. Imbécil.
Y también por eso la dejas hacer, la dejas venir todas las tardes. Dejas que se meta en tu cama (en el sillón, a últimas fechas), y a veces la dejas que te la chupe, o no, dependiendo del humor. Hoy la dejarás, piensas, hoy se lo ha ganado. Quizá mañana, si se porta bien, saltes por la ventana. Cuando se lo dices, muy despacio, al oído, la muy idiota se echa a llorar.

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